Monday, May 03, 2010

EL WOYZECK DE GEORGE BUCHNER/ TONI MANCHADO

TEATRO
El Woyzeck de Georg Büchner (1836)

Toni Manchado


lunes 2 de junio de 2008




Es el primer drama social de la literatura alemana. Está inconcluso. Se publicó en 1879, en pleno Naturalismo. Influyó enormemente en él y más tarde también en el Expresionismo.


Se trata de un drama fragmentario, por lo que las escenas no estaban ordenadas, así que puede variar el orden de éstas según la publicación que se lea. No tiene final, puesto que murió antes de acabarlo. Al menos está basado en hechos reales, por lo que se puede imaginar un final no demasiado alejado de la intención del autor, puesto que para este drama se documentó. En 1824 hubo un barbero en Leipzig que asesinó a su amante y fue ajusticiado.


La obra se centra en un personaje que no tiene valores, un pobre soldado, loco, supersticioso, ingenuo pero bondadoso. No posee nada material. Está sólo, excepto por Marie, en quien encuentra el único apoyo de su vida. Cuando descubre que ésta le engaña, la mata. Este acto de asesinato está presentado como producto del determinismo. Estaba escrito. Eso libera a Woyzeck de la responsabilidad jurídica, civil, ética, moral...


El drama quiere responder quién es el responsable de esta muerte. Es un drama social porque cuestiona la sociedad establecida. El funcionamiento de la sociedad es lo que se critica.


Este protagonista es lo más bajo del regimiento. Es un barbero que se ve sometido a todos. También es conejillo de indias del médico, hace todo lo que el capitán quiere. Su labor está totalmente supeditada a sus superiores. Marie es su único apoyo y le falla, lo que le lleva al drama. Todos le utilizan, le someten y le sojuzgan.


Woyzeck es humilde, bondadoso (aunque asesine), muy sumiso, no comparte la ética de la forma de vida establecida, por lo que es un marginado. La clave de la obra es la alienación del personaje. "Marx" recoge en sus escritos teóricos: "Woyzeck presenta los mecanismos de la sociedad para alienar al ser humano. La alienación no es percibida por el individuo que la sufre, por lo que no puede remediarla".


La sociedad industrializada (capitalista) deshumaniza, destruye al hombre como ser humano. Los resortes de deshumanización están puestos de relieve en esta obra. Se da una degradación física como psíquica: la sociedad explota tanto su alma como su cuerpo. El objetivo del sistema es la explotación, por medio de la represión y la consecuencia, la alienación. Es el discurso típico de la época, desde los años '30 hasta finales del siglo XIX. La sociedad corrompe al individuo.


El ejército, la ciencia y la jurisprudencia se ven reflejados en la obra para ser víctimas de la crítica del autor. La pobreza es el elemento fundamental de la situación social, así como el trabajo alienante y la ideología establecida revestida de moral y religión.


Esta alienación tiene como consecuencia trágica el asesinato de Marie. El distanciamiento del animal es la humanidad, pero como el individuo se deshumaniza tiene la capacidad animal de matar.


¿Es Woyzeck culpable? El asesinato de Marie es el único hecho de rebeldía y oposición que comete. El tema de la obra no es el asesinato ni rebelar la psicología de un asesino. La obra denuncia los motivos de alienación de Woyzeck. El reflejo de su degradación es el asesinato. Los celos tampoco son la causa, es el estado de evolución del protagonista. El verdadero objeto de crítica es la sociedad.


El hecho real nos remite a una condena a muerte. Pero la intención de Büchner, dados los factores que envuelven el asesinato, parece que fuera la de reflejar una condena a ser encerrado en un psiquiátrico. De este modo la crítica al sistema de justicia sería más fuerte.


"Georg Büchner" era un joven escritor revolucionario. Postulaba una necesidad de cambio, lo cual refleja en sus obras.


http://playing-on-the-jukebox.blogspot.com/2008/06/woyzeck-1836-georg-bchner_02.html

Monday, April 19, 2010

EL TEATRO DE IBSEN Y SU INFLUENCIA SOBRE LA CRÍTICA DE HITLER A LA DEMOCRACIA/ ERNESTO MILÀ

TEATRO
EL TEATRO DE IBSEN
Y SU INFLUENCIA
SOBRE LA CRÍTICA DE HITLER
A LA DEMOCRACIA

Por Ernesto Milà

http://infokrisis.blogia.com/


Infokrisis.- Desde el bachillerato no había tenido ocasión de releer a Ibsen. Más bien de verlo representado, pues no en vano su obra es exclusivamente teatral. Hoy se sigue representando a Ibsen si bien se ha perdido la memoria de cuál era el verdadero pensamiento de este autor que renovó el teatro europeo. En Internet es fácil bajar algunas de sus obras representadas a principios de los años 70 en la memorable serie televisiva Estudio 1. Pero de todas ellas, sin duda, la que necesariamente hay que ver -al menos, la que todo “regeneracionista” tiene obligación de ver- es El Enemigo del Pueblo.

¿Quién era Ibsen?



En 2006, Noruega celebró por todo lo alto el centenario del fallecimiento de su gran gloria literaria, Henrik Johan Ibsen. Se trató de un homenaje nacional y popular que involucró a todos los ciudadanos noruegos que dispusieran de un mínimo de sensibilidad cultural, no en vano Ibsen es considerado como uno de los autores que más ha influido en el teatro realista moderno.

El aspecto que luce Ibsen en las fotos que han llegado hasta nosotros nos lo muestran como un individuo casi victoriano, con cabellos blancos desordenados y barba del mismo jaez, todo ello sobre el gris oscuro de las primeras fotos novecentistas que solían regalarse los pequeño burgueses bienpensantes. Sin embargo, no hay nadie menos burgués y menos victoriano que Ibsen. Su teatro es, simplemente, revolucionario en relación a su tiempo… y a la actualidad, pues no en vano, las obras de Ibsen conservan con una inusual frescura todo su interés.

Conoce la miseria después de que su padre se arruinase; trabaja durante seis años de aprendiz en una farmacia y luego estudia medicina, pero antes de terminar empieza a escribir poemas y pequeñas piezas teatrales en las que da salida a una rica interioridad a la que su timidez extrema impedía exteriorizarse.

Su primera obra teatral –Catilina- es un fracaso que ni siquiera logra ser representada, pero su hora llega cuando otra de sus obras, La tumba del guerrero, se representa por primera vez en 1851. De Cristianía se establece en Bergen donde conoce a la que será su mujer y estrena en esa época (los años 50 del siglo XIX) algunas de sus obras más populares (Los vikingos de Helgeland entre otras). Harto del ambiente luterano de Noruega en 1864 se autoexilia en Roma y en 27 años no volverá a su país. Residirá una temporada en Munich cuando ya era un autor reconocido a nivel europeo. En 1891 regresa definitivamente a Noruega y morirá en 1906 a la edad de 78 años.

En el 2006 al cumplirse 100 años del fallecimiento de Henrik Ibsen, el Ministerio de Asuntos Exteriores de ese país decidió que éste debe conmemorarlo en todo el mundo como el “Año Ibsen”. Ibsen es hoy el autor teatral más interpretado después de Shakespeare.

¿Qué escribió Ibsen?



Las obras completas de Ibsen (publicadas en un solo volumen en 1952) son fácilmente accesibles en cualquier biblioteca y basta echar un rápido vistazo para advertirse la existencia de tres etapas en su obra. La primera coincide con su estancia en Noruega durante su juventud. Son obras de carácter romántico en las que frecuentemente aparecen elementos folklóricos locales. Brand, por ejemplo, alude a la invasión de Dinamarca por los prusianos y a la ausencia de solidaridad que otros países nórdicos practicaron. Más interesante y actual es Peer Gynt (1868) cuyo protagonista Peer, caricaturiza el genio noruego, sumergido en la fantasía y poco previsor.

A partir de su autoexilio se siente más libre para profundizar en dos direcciones: realismo (no en vano es el padre del teatro realista) y crítica social. Esto lo convierte en un autor polémico ninguno de cuyos estrenos pasa desapercibido. En este período escribe sus dos mejores piezas: Casa de Muñecas y El enemigo del pueblo que es la obra que ha justificado este artículo. La primera ha sido considerada falsamente como una obra feminista. No lo es, es más bien, una obra en la que son denunciados los rasgos de la burguesía, su doble lenguaje, su conformismo y, finalmente, sus prejuicios. Y no es feminista en la medida en que el autor no reivindica la “igualdad” para la mujer. De hecho, la niega. Escribía a propósito de la obra: “Existen dos códigos de moral, dos conciencias diferentes, una del hombre y otra de la mujer” y aquí reside el problema, porque aun cuando la igualdad no exista y el hombre y la mujer sean diferentes, las leyes han sido escritas y eran interpretadas en aquella época solamente por hombres. La obra fue estrenada en toda Europa y en toda ella fue objeto de vivas polémicas.


Mucho más polémica sería todavía Un enemigo del pueblo (1882), la que, en nuestra opinión, es su mejor obra. El año anterior, Ibsen habia sido muy atacado por su obra Espectros e Ibsen se sintió como el protagonista de esta siguiente obra que trae a colación el drama de un hombre de convicciones frente a una sociedad sin principios que practica el oportunismo más absoluto e inmoral. Su protagonista, denuncia que las aguas del balneario son un peligro para la salud. Las fuerzas sociales del pueblo tratan de ocultarlo en la medida en que la prosperidad del pueblo está íntimamente ligada al balneario. Su obstinación en defender la causa de la verdad le llevará a enfrentarse con las fuerzas vivas del pueblo que terminan declarándolo enemigo aun siendo conscientes de que la denuncia del protagonista es perfectamente cierta. Éste, por su parte, descubre bruscamente que “las raíces de nuestra vida moral están completamente podridas, que la base de nuestra sociedad está corrompida por la mentira”. Debe de abandonar el pueblo sólo con su mujer y su hija.

Este período termina con El pato silvestre (1884), abierta al simbolismo en el que aborda el tema de la duda sobre si el ser humano puede o no regenerarse. Ibsen toma al pato salvaje herido que quiere morir en el fondo del lago, como una perífrasis simbólica de ser una sociedad que rechaza la verdad y vive en plena mentira autocomplaciente. El protagonista dice: “La vida podría ser bastante agradable si no llamasen a la puerta esos acreedores reclamando el cumplimiento de los ideales a pobres hombres como nosotros”. Esta obra se sitúa a medio camino entre el realismo social y el simbolismo que preside su tercera etapa.

En esta tercera fase de su obra, Ibsen se vuelve metafórico y sus producciones más representativas serán La dama del mar, El maestro constructor y especialmente Hedda Gabler. Precisamente, esta obra es la negación misma de cualquier “ramalazo” feminista que hubiera podido tener Ibsen cuando escribió Casa de Muñecas. La protagonista no respetaba los ideales y la moral de la mujer de la época, está obsesionada con el éxito, pero nada impide que sea profundamente desafortunada. Puede decirse que Ibsen se anticipó cien años al panorama de la mujer “liberada” actual, cuya liberación del varón, lejos de ser un “progreso” es la fuente de nuevas servidumbres sin compensación. No tiene salida, así que en la última escena se suicida.

¿Existe un nexo entre Hitler e Ibsen?


Estaba visionando de nuevo El enemigo del pueblo para escribir este artículo cuando descubrí una frase que había leído en un ensayo político. Decía Ibsen por boca del protagonista: “El hombre más fuerte del mundo es el que está más solo”. La frase, en efecto, fue recuperada justo cuarenta años después por un preso encerrado en Lamdsberg que escribió “El fuerte es más fuerte cuando está solo”. Ambas frases son hijas de la misma inspiración, pero la segunda fue escrita por un admirador de Ibsen, Adolf Hitler cuyas reflexiones en el penal de Lambsberg fueron transcritas en un libro que inspiraría al mayor movimiento de masas de la Alemania moderna, Mein Kampf.

Bruscamente me di cuenta de que la crítica que realizaba Ibsen a la democracia liberal había sido recuperada, frase a frase por Hitler en su obra política hasta el punto de que la posición del futuro führer sobre este tema era literalmente calcada de la de Ibsen. La cuestión era si se trataba de una casualidad o si algún historiador la había analizado ya. Es evidente que Mein Kampf sido viviseccionado desde el momento mismo en el que se entregó a la imprenta en cientos de ocasiones. Alguien, pues, debía haber notado la influencia de Ibsen sobre el pensamiento de Hitler. Y, por otra parte, en la biografía de éste debían existir también rastros del momento en el que se interesó por la obra del escritor noruego. ¿Era así?

Sin duda. Existe un nexo entre Ibsen el maestro y Hitler que asume buena parte de sus ideas y, en especial, la crítica a la democracia contenida en El enemigo del pueblo. En algunos capítulos del Mein Kampf, cuando Hitler habla de la miseria de los políticos bávaros de Weimar, parece que esté hablando de los personajes pintados por Ibsen a través de los cuales denunciaba a la pequeña burguesía conformista que intenta, por encima de todo, mantener su holgada posición… aun cuando se basara en una peligrosa mentira. Los políticos conservadores, la prensa libre, los progresistas, son denunciados por Hitler con las mismas palabras que se desprenden de los arquetipos de la obra de Ibsen, hasta el punto de que cabe pensar si durante su encierro en Landsberg, Hitler no tuvo acceso a los libretos de las obras de Ibsen.

Existía un testimonio de primera mano que retrasaba el conocimiento que Hitler tuvo de la obra de Ibsen hasta sus años de escolar. Era, como no podía ser de otra forma, August Kubicek, compañero de adolescencia de Hitler que trasladó sus recuerdo en una obra aun hoy frecuentemente reeditada como la mejor fuente biográfica de Hitler en esa época: Hitler, mi amigo de juventud. Ambos jóvenes acudían frecuentemente al teatro y a la ópera, pero no tuvieron ocasión de ver la representación de ninguna obras de Ibsen. Sin embargo, Kubicek dice a este respecto: “Los dramas de Ibsen los leyó Adolfo en Viena, sin que causaran en él una especial impresión” y añade: “Por lo menos, no puedo acordarme de ello”. Fin de la cita.

Era inevitable que los recuerdos de Kubicek fueran limitados a pesar de que su testimonio es inestimable para comprobar las convicciones de juventud del futuro Führer. Sin embargo, otros autores han abundado en las fuentes de las que bebió Hitler tras despedirse de su amigo de juventud. Debemos a Werner Masser una de las biografías más completas de Hitler en la que, igualmente se habla de las “fuentes” de Hitler, incluyéndose entre las más importantes a Ibsen.

En Estados Unidos incluso toda esta influencia ha sido tratada en un volumen dedicado exclusivamente a analizar la influencia del dramaturgo noruego sobre el führer: Hitler and Ibsen, subtitulado: El dramaturgo, el plagiario y la parcela del III Reich, de Steven F. Sage. El libro entra dentro de la órbita antinazi, pero la abundancia de documentación contribuye a dar credibilidad a la tesis central –más allá de las creencias políticas del autor- a saber, que Hitler tuvo muy en cuenta la obra de Ibsen a la hora de estructurar sus ideas e incluso su estilo.

En esta obra, Sage sostiene que “el joven Hitler” quedó muy impresionado y recibió la influencia de tres obras de Ibsen. La influencia más fuerte es, naturalmente, la de El enemigo del pueblo, con cuyo protagonista, el Doctor Stockman, Hitler se identifica. Parece evidente e innegable: cuando Stockman realiza en el acto III de la obra una crítica a la democracia ante la asamblea de vecinos del pueblo, lo esencial de sus puntos de vista están recogidos en el Mein Kampf en los capítulos que aluden a las inconsecuencias del sistema de partidos y a lo voluble de la opinión pública. Sage llega a opinar que la influencia de esta obra era, como mínimo similar a la que ejerció sobre el “joven Hitler”, la ópera de Wagner Rienzi. Compartimos esa opinión. En ambos casos, no se trataba solamente de “ideas”, sino mucho más de “identificaciones”. El “joven Hitler” quedó tan impresionado por las figuras de Cola de Rienzi y del Doctor Stockman, que, a partir de ese momento se identificó con ambos y con sus destinos. Pero hay una tercera identificación no carente de interés.

En El Emperador y Galileo, Ibsen rememora la figura de otro personaje “anómalo” de la historia: el Emperador Juliano, llamado “el apóstata”. Se trata de una de las figuras señeras de la Roma crepuscular que se reveló contra la decadencia y contra la fuerza del destino en nombre del viejo paganismo. Al igual que Stockman o Rienzi, del Emperador Juliano es una figura tan trágica como atractiva que define en sí misma el drama de todos aquellos que han decidido nadar contra la corriente. Ibsen consideraba que esta obra era su culminación como dramaturgo. Es, de hecho, la más densa desde el punto de vista de las ideas que consigue transmitir el drama interior del Emperador Juliano atrapado entre la voluntad de restaurar el viejo paganismo y la supremacía del cristianismo en los estratos populares de la población.

En cuanto a la tercera obra de Ibsen que mereció un interés por parte del futuro führer es menos conocida y –que sepamos- no ha sido representada en España. Se trat de El maestro de obras Solness que recupera el viejo tema del amor y de las diferentes formas de amar. De hecho, Ibsen fue un gran estudioso de la mentalidad femenina y muy frecuente hace de mujeres los ejes centrales de sus piezas (Hedda Gabler, por ejemplo, sin duda la más famosa de esta incursión en el mundo de lo femenino). Sin embargo, en El maestro de obras Solness, Hilde está enamorada del artista que da nombre a la pieza. Éste responde a sus amores, pero es evidente que para él no se trata de un ser carnal, sino que Hilde representa, no a una mujer real, sino a la fuerza ideal que está detrás de toda obra de arte auténtica. A pesar de que esta temática no mereciera ser incluida en su ensayo político, el Mein Kampf, es indudable que Hitler tenía una particular concepción del amor que hundía sus raíces en la producción de Richard Wagner que coincide exactamente con la incorporada por Ibsen a la co protagonista de El maestro de obras Solness.

La demostración que hace Sage de los vínculos entre el pensamiento de Hitler y la producción de Ibsen no deja lugar a dudas sobre la enorme influencia que ejerció éste sobre las opiniones del “joven Hitler”, mucho más de lo que recordaba August Kubicek. Sage indica que estas tres obras de Ibsen nunca desaparecieron de la mente de Hitler el cual parafraseó casi textualmente en algunas intervenciones públicas y en discursos ante las masas, frases de los dramas del noruego. Pero, además Ibsen ofreció al “joven Hitler” “modelos de comportamiento”, como mínimo, tanto como Wagner, hasta el punto de que termina asignándose el papel de los protagonistas de las piezas de Ibsen. Si Wagner ofreció en sus obras los valores metafísicos y trascendentales que asumiría Hitler en su concepción del mundo, Ibsen puso, literalmente, las palabras en su boca.

Otro aspecto que destaca Sage es la influencia que tuvieron las concepciones neopaganas de Ibsen especialmente en los años de juventud de Hitler. Más adelante, cuando ya haya iniciado su carrera política, no podrá evitar el tacticismo y el que algunos de sus principios más arraigados paran a segundo plano, o simplemente, fueran colocados en el baúl de los recuerdos, simplemente para no provocar fugas de electores o no abrir problemas que tenían poco sentido en una carrera de ascenso al poder.

El libro de Sage apareció en 2006 cuando se cumplía el primer centenario de la muerte de Ibsen. Hay que decir que el libro está redactado en un tono moderadamente anti-nazi, pues no en vano Sage es un antiguo becario de investigación en los EEUU del Holocaust Memorial Museum y no puede evitar demostrar su agradecimiento a quienes le financiaron sus estudios.

Es inevitable ver en este fragmento de El enemigo del pueblo la inspiración de la sentencia que Hitler añade en Mein Kampf: “El fuerte es más fuerte cuando está sólo”. Ibsen coloca esta frase al final del IV acto de su obra:

DOCTOR STOCKMANN.- ¿Qué locuras estás diciendo, Catalina? ¿Cazarme? ¿A mí, que ahora soy el hombre más poderoso de la ciudad?

SEÑORA STOCKMANN.- ¿Poderoso?... ¿Tú?

DOCTOR STOCKMANN.- Sí. Y hasta me aventuro a decir que soy uno de los hombres más poderosos del mundo.

MORTEN.- ¿De veras, papá?

DOCTOR STOCKMANN. (En voz baja.) ¡Chis! ¡Silencio! Todavía es un secreto; pero acabo de hacer un gran descubrimiento...

SEÑORA STOCKMANN. (Extrañada.) - ¿Otro descubrimiento?

DOCTOR STOCKMANN.- Sí, otro. (Congregando a todos en torno suyo.) Helo aquí. Escuchad. El hombre más poderoso del mundo es el que está más solo.



Algunos fragmentos de El enemigo del pueblo

Hemos entresacado algunos fragmentos –no particularmente seleccionados- de El Enemigo del Pueblo todas ellas pertenecientes a los Actos III y IV de la obra:

(…) No; la mayoría no tiene razón nunca. Esa es la mayor mentira social que se ha dicho. Todo ciudadano libre debe protestar contra ella. ¿Quiénes suponen la mayoría en el sufragio? ¿Los estúpidos o los inteligentes? Espero que ustedes me concederán que los estúpidos están en todas partes, formando una mayoría aplastante. Y creo que eso no es motivo suficiente para que manden los estúpidos sobre los demás. (Escándalo, gritos.) ¡Ahogad mis palabras con vuestro vocerío! No sabéis contestarme de otra manera. Oíd: la: mayoría tiene la fuerza, pero no tiene la razón. Tenemos la razón yo y algunos otros. La minoría siempre tiene razón. (Tumulto.)

(…) Os juro que no otorgaré ni una palabra de limosna a los desgraciados de pecho comprimido y respiración vacilante, quienes no tienen nada que ver con el movimiento de la vida. Para ellos no son posibles la acción ni el progreso. Me refiero a la aristocracia intelectual que se apodera de todas las verdades nacientes. Los hombres de esa aristocracia están siempre en primera línea, lejos de la mayoría, y luchan por las nuevas verdades, demasiado nuevas para que la mayoría las comprenda y las admita. Pienso dedicar todas mis fuerzas y toda mi inteligencia a luchar contra esa mentira de que la voz del pueblo es la voz de la razón. ¿Qué valor ofrecen las verdades proclamadas por la masa? Son viejas y caducas. Y cuando una verdad es vieja, se puede decir que es una mentira, porque acabará convirtiéndose en mentira. (Se oyen risas, burlas, murmullos y exclamaciones de sorpresa.) No me importa lo más mínimo que me creáis o no. En general, las verdades no tienen una vida tan larga como Matusalén. Cuando una verdad es aceptada per todos, sólo le quedan de vida unos quince o veinte años a lo sumo, y esas verdades, que se han convertido así en viejas y caducas, son las que impone la mayoría de la sociedad como buenas, como sanas. ¿De qué sirve asimilar tamaña podredumbre? Soy médico, y les aseguro que es un alimento desastroso, créanme, tan malo como los arenques salados y el jamón rancio. Esa es la razón por la cual las enfermedades morales aca­ban con el pueblo.

(…) Y yo estimo, Pedro, que eres un loco de atar. Voy justamente al meollo del asunto, puesto que estoy hablando de la repugnante mayoría que envenena las fuentes de nuestra vida intelectual y el terreno sobre el cual nos movemos.


(…) ¡Por Dios, señor Hovstad, no me hable usted ahora de verdades evidentes, reconocidas por todos! Las verdades que acepta la mayoría no son otras que las que defendían los pensadores de vanguardia en tiempos de nuestros tatarabuelos. Ya no las queremos. No nos sirven. La única verdad evidente es que un cuerpo social no puede desarrollarse con regularidad si no se alimenta más que de verdades disecadas.

(…) La creencia heredada de sus antepasados, y que usted defiende impensadamente sin descanso: me refiero a la creencia según la cual la plebe, la mayoría, constituye la esencia del pueblo; a su juicio, el hombre del pueblo, el que encarna la ignorancia y todas las enfermedades sociales, debe tener el mismo derecho a condenar y a aprobar, a dirigir y a gobernar, que los seres elegidos que forman la aristocracia intelectual.

(…) ¿Es que no podéis oír por una sola vez en vuestra vida una verdad sin encolerizaros? Realmente, no esperaba convenceros a todos en el primer momento; pero creía que, por lo menos, estaría de acuerdo conmigo el señor Hovstad, que es librepensador...

(…) Sí, tiene usted razón, es cierto. Nunca denotó esa sinceridad. En fin, no quiero comprometerle, señor Hovstad. Por lo visto, aquí no hay más librepensador que yo. Os voy a probar que La Voz del Pueblo se burla cuando dice que la mayoría es la esencia del pueblo. Eso no implica sino una adulación, un truco periodístico. ¿Se dan cuenta ustedes? La plebe es la materia prima que hay que transformar en pueblo. (Escándalo.) ¿No se han fijado en la diferencia que existe entre los animales de lujo y los animales vulgares? Piensen en la gallina de un campesino. ¿Qué clase de huevos pone? No mayores que los de una paloma. Imaginaos, por el contrario, una gallina japonesa o española, de casta selecta, y comparadlas. ¿No habéis visto a los perros, esos amigos de quienes casi puede decirse que pertenecen a la familia? Tomad un mastín grande, sucio, vulgar, que mancha todas las esquinas, y comparadle con un perro de raza, cuyos ascendentes se han alimentado bien durante varias generaciones y han vivido entre voces armoniosas y música. ¿No opinan que el cráneo de ese perro de lujo estará desarrollado de un modo muy diferente al del mastín? Creedme: los cachorros de esos perros de lujo son aquellos a quienes los titiriteros y los saltimbanquis enseñan las habilidades más extraordinarias que los otros no podrían aprender jamás.

(…) ¡Condéneme si no sois animales! Todos somos animales. Lo que pasa es que hay una gran distancia entre los hombres-mastines y los hombres de raza. Y lo más gracioso es que estoy seguro de que el periodista Hovstad me dará la razón... tratándose de cuadrúpedos. (…) Cuando se trata de animales de dos patas, el señor Hovstad no se atreve a compartir mi opinión. Predica en seguida en La Voz del Pueblo que la gallina del campesino y el mastín callejero son más distinguidos y mejores que la gallina y el perro de lujo. Así será siempre con el hombre, mientras no eliminen lo que hay de vulgar en él, para alcanzar su verdadera distinción espiritual. (…) La plebe a que me refiero no se encuentra sólo en las clases bajas; también bulle en torno nuestro, aun entre las clases más elevadas de la sociedad. Básteos mirar a vuestro propio alcalde. Mi hermano Pedro es tan plebeyo como cualquier otro bípedo calzado con zapatos.

(…) Pero es un plebeyo, porque piensa lo que piensan sus superiores, porque opina lo que opinan sus superiores. Quienes hacen eso serán siempre plebeyos morales. Por ello digo que mi queridísimo hermano Pedro es tan poco noble en realidad, y por consiguiente, tan poco liberal.

(…) Sí, en efecto, ése ha sido otro de mis descubrimientos; sólo el liberalismo tiene valores morales. Así, pues, conceptúo indisculpable por parte de La Voz del Pueblo afirmar que la mayoría, únicamente la mayoría, está en posesión de los principios del liberalismo y de la moral; que la corrupción, la vileza y todos los vicios son patrimonio de las clases altas de la sociedad, y que de ellas proviene toda la podredumbre, como el veneno que corrompe y contamina el agua del balneario proviene de las porquerías del Valle de los Molinos. (Escándalo. El DOCTOR STOCKMANN, sin turbarse, prosigue sus palabras, arrastrado por sus pensamientos.) La misma Voz del Pueblo pide para la mayoría una educación superior y cabal. Pero la verdad es que, según la tesis del propio periódico, eso sería envenenar al pueblo. He aquí una vieja equivocación popular: creer que la cultura intelectual es contraproducente, que debilita al pueblo. Lo que de veras debilita al pueblo es la miseria, la pobreza, y todo lo que se hace para embrutecerle. Cuando en una casa no se barre ni se friega el suelo, sus habitantes acaban por perder en un par de años toda noción de moralidad. La conciencia, como los pulmones, vive de oxígeno, y el oxígeno falta en casi todas las casas del pueblo, porque una mayoría compacta, que es harto inmoral, quiere basar el progreso de nuestra ciudad sobre fundamentos arteros y engañosos.

(…) ¿Y qué importa que se arruine una sociedad podrida? Lo mejor que se puede hacer es acabar con ella, acabar con todos los que viven de la mentira como bestias dañinas. Terminaréis por contaminar todo el país, y sois capaces de llevar también a él la ruina de la ciudad; si se llega a tal punto de corrupción, gritaré con toda mi alma que este país debe ser aniquilado, que nuestro pueblo debe desaparecer de una vez para siempre.

Sospecho que la plebe debe de ser tan insolente allá como acá. En todas partes ocurrirá lo mismo. ¡Bah!, no le importa que los perros me enseñen los colmillos. Me río de ellos. Pero eso no es lo peor; lo peor es que de una punta a otra del país todos los hombres resultan esclavos de los partidos. El mal no se acusa tan malo por sí. Es posible que en América los asuntos públicos no se lleven mejor; allí hay asimismo mayoría aplastante, uniones liberales y todas esas patrañas. Matan, pero no queman a fuego lento, no encadenan un alma libre, como aquí, y siempre el individuo puede apartarse, abstraerse. (Se pasea por la estancia.) ¡Ah, si su­piera de un bosque virgen o de alguna isla solitaria en los mares del Sur, don­de pudiese vivir solo!

(…) ¿Qué dices, Catalina? Es que prefieres verlos vivir en una atmósfera como ésta? La otra noche, tú misma has podido comprobar que la mitad de la población está loca de atar, y que, si la otra mitad no ha perdido la razón, es porque los imbéciles carecen de razón que perder.

(…) ¿Qué quieres insinuar? ¿Que no es exacto lo que dije, lo que digo? ¿Que esas ideas no trastornan el juicio? ¿Acaso no son una mezcla de justicia e injusticia? ¿No han llamado mentira a lo que yo sé que es verdad? Por último, la mayor insensatez de esos hombres de edad madura, de todos esos liberales, de toda esa masa infecta, es que se creen y se hacen pasar por espíritus libres. ¿Dónde se habrá visto nada semejante, Catalina?

(…) ¿Y qué quieres que le haga, Catalina? ¿O es que prefieres que me arrastre por el fango, dependiendo de la opinión pública, de la mayoría compacta y de todas esas paparruchas? No; lo que deseo es bien sencillo: deseo meter en la cabeza a esos estúpidos a quienes llaman aquí liberales, que son los peores enemigos de las hombres libres, que los programas de partido abortan toda verdad capaz de vivir, que la forma como interpretan ciertas conveniencias está fuera de toda moral y de toda justicia, y que acabarán por tornar la vida de todo punto insoportable. ¿No opina, capitán, que lograré hacérselo comprender?

(…) Pues va a entenderlo en seguida. Se impone que desaparezcan los cabecillas de partido. Todo cabecilla es un lobo, un lobo hambriento que necesita para vivir cierto número de gallinas y cordederos. Y si no, díganlo Aslaksen y Hovstad. ¿Cuántos corderos devoran? Y los que no devoran, los inutilizan, convirtiéndolos en propietarios de casas y en suscriptores de La Voz del Pueblo. (Se sienta en el borde de la mesa.) Ven aquí, Catalina. ¿Ves cómo nos envía el sol sus rayos generosos, y cómo nos refresca la brisa de primavera que entra por esa ventana?

(…) Nunca. Les enseñaré yo mismo. Ya no tendréis que estudiar nada de nada; pero, eso sí, haré de vosotros hombres libres y superiores. Para ello, Petra, necesitaré tu ayuda, ¿me oyes?

MORTEN.

- ¿Y qué vamos a hacer cuando seamos hombres libres y superiores?

DOCCTOR STOCKMANN.

- Entonces, hijos míos, iréis a la caza de lobos, que por aquí abundan.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com

Sunday, March 21, 2010

BRECHT: EL TEATRO NO CREE EN LÁGRIMAS/ Por Jorge Aulicino

TEATRO
50 AÑOS DESPUES

Brecht: el teatro no cree en lágrimas

Nihilista primero y marxista después, Bertolt Brecht puso recursos del cabaret al servicio de una estética que quería evitar la emoción y promover la reflexión crítica. Exiliado durante el nazismo, creó obras como "Galileo Galilei", de grandeza clásica. Aquí, su trayectoria desde sus orígenes hasta sus grandes temas, la opinión del teatrista argentino Rubén Szuchmacher y una nota de la Premio Nobel austríaca Elfriede Jelinek.
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JORGE AULICINO
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Bertolt Brecht, poeta y dramaturgo, muerto el 14 de agosto de 1956, hace 50 años, se propuso minar el arte aristotélico, del que aún dependemos. Las dimensiones y la vigencia de esa epopeya estética se pueden contemplar bajo la luz de dos momentos clave para su obra. El primero, es el de su entrada al escenario cultural de Munich, en la época de los episodios revolucionarios que condujeron a la llamada república de Weimar, el período entre el fin del reinado de Guillermo II (1918) y la fundación del Estado fascista (1933). El segundo, es la consumación de su drama Galileo Galilei, en 1938, en el exilio.

Brecht tiene 20 años cuando se relaciona con el ambiente teatral e intelectual de Munich. Cumple 40 el año en que considera terminada su primera versión de Galileo, una obra que por sus significados estético, moral y político le insumió grandes energías y un rompedero de cabeza. En el primer momento, es un nihilista con fuertes inclinaciones paródicas y un humor mecánico y sombrío. En el segundo, había definido su estética del distanciamiento, o extrañamiento escénico como el camino más apropiado para incitar a los trabajadores a pensar en su destino, y más concretamente, en la construcción de su destino. Galileo fue un desafío que lo puso contra la pared de sus propios razonamientos.

Había nacido en Augsburgo, cerca de Munich, en 1898; su padre era gerente de una fábrica de papel. Comenzó la carrera de Medicina y fue movilizado como ayudante de hospital durante la Primera Guerra Mundial. En esa época, confesó, se consideraba un patriota y no vacilaba en "emparchar" a los heridos a toda velocidad para que volvieran al frente lo antes posible. Entre el muchacho que volvió de la guerra entre pasmado y decididamente inclinado al humor negro ("la paz no asomaba en ningún frente; / cansado de tanta espera, / el soldado se decidió y murió heroicamente", decía en una de sus primera baladas) y aquel otro que vería más tarde los acontecimientos bajo la lupa de la "lucha de clases", hay un laberinto de ideas que no recorre de la mano del marxismo en sus primeros tramos, sino de la del fantasma de Nietzsche, quien acompañaba a los alemanes de entonces cualquiera fuera su estética.


El payaso metafísico


La insurrección de izquierda de fines de 1918 y comienzos de 1919 no lo toca profundamente: "Todos sufríamos de cierta falta de convicción política y yo en particular no tenía capacidad para entusiasmarme, tenía montañas de trabajo por hacer
", explicó en 1928. Su biógrafo norteamericano Frederic Ewen lo describe a través del testimonio de quien sería uno de sus maestros, el erudito Lion Feuchtwanger. De él, dice Brecht, "aprendí las reglas estéticas que me interesaba romper". Feuchtwanger lo describe así: delgado, mal afeitado, desaseado, hablaba con marcado acento suabo y llevaba los bolsillos llenos de manuscritos. En la novela Exito, se convierte en un personaje de Feuchtwanger, que es visto por otro personaje de esta manera: "El hombre literalmente apestaba a sudor, como un soldado marchando. E indiscutiblemente olía a revolución (...) Cuando las cantaba (sus baladas) con esa voz estruendosa, las mujeres se volvían locas".

Nada habría pasado quizá, o todo habría sido de otro modo, si Brecht no hubiese conocido en Munich a Karl Valentin. El biógrafo Ewen se estremece al mencionarlo: ¡Karl Valentin! Su nombre es desconocido hoy, pero para sus contemporáneos era una leyenda. Lo llamaban el payaso metafísico. También a Feuchtwanger y a su novela Exito debemos al parecer su mejor descripción: "el melancólico payaso estaba siempre tratando de resolver problemas con falsa lógica lúgubre. Por ejemplo, si se le preguntaba por qué usaba un par de anteojos sin cristales, contestaba que seguramente era mejor eso que nada".

Sus cuadros cáusticos y desencantados dieron origen al teatro fragmentario de Brecht. Su personaje fijo, el pequeño hombre aporreado, de resoluciones ambiguas, a la moral de sus primeros personajes. De Frank Wedekind, dramaturgo y poeta, amante del cabaret y del zoológico, Brecht heredaría una visión monstruosa. Y con todo ese bagaje armaría el edificio de su teatro precario, el mecanismo por el cual el teatro se hace explícito como tal.


La máquina dialéctica

Máscaras, carteles, fotografías, cuadros musicales, parlamentos dirigidos al público, destruirían los principios del drama aristototélico: unidad de acción, clímax y catarsis. Si a algunos hoy les resulta imposible tolerar la interrupción de la acción en los musicales, para Brecht era este procedimiento una herramienta revolucionaria. Edwin Piscator, el creador del teatro épico proletario, contribuyó decisivamente a dar forma final al proyecto: hechos históricos, simultaneidad de escenas, gran movilidad en el escenario fueron las facetas del teatro de Piscator que atrajeron a Brecht.

En 1928, cuando estrena La ópera de tres centavos, el dispositivo estaba en marcha. Bretch era aún un nihilista, pero pretendía que esos cuadros hiperteatrales con hampones y prostitutas espejaran la crueldad del mundo burgués, al que todavía veía monstruoso en su más íntima estructura. Para Brecht, la deformidad continuaba siendo la regla de la vida, históricamente considerada. El espejo del teatro debía devolver a la audiencia la imagen real de la existencia, encubierta por la norma diaria, como quien entra a la sala de espejos deformantes en una feria y teme que esos cristales estén revelándole una verdad que hace trizas la máscara del mundo creada por la docilidad y la alienación.

Comienza a hacer una operación intelectual estéticamente revolucionaria: al teatro, aplica las condiciones reservadas por Aristóteles a la épica. En lugar de la unidad de acción, la peripecia, el fragmentarismo. Paralelamente, la desafección —como contrapartida de la empatía— debía conducir a la reflexión y convertir el drama en un simple y crudo teorema social, motor de la acción política.

Brecht debía dar, en aquel momento, un paso esencial, difícil que, en honor a la verdad, apenas ensayó. Si el destino de su obra era el provocar el Verfremdung (distanciamiento) con objetivos revolucionarios, entonces la clase obrera debía ser puesta en escena. Y lo que se infiriera de su acción, debía ser didáctico. Pero, ¿cómo hacerlo si la acción política misma tenía que ocupar el escenario y ser expuesta a juicio? En contadas obras Brecht propuso problemas del comunismo y problemas de la acción política contemporánea. En La medida (1930), por ejemplo, ubicó la acción en China, y "la medida", que la obra aprueba, es el asesinato por sus propios compañeros de un agitador que, llevado por la emoción y los impulsos, pone en peligro una misión política al develar su identidad. Incluso los críticos comunistas vieron en esto una cruel división mecánica entre el necesario cálculo revolucionario y el sentimiento, división que era el leit motiv de la estética de Brecht. Cruel era el mundo, y tanto el arte como la política debían cambiarlo apelando al más absoluto desapego. La presencia en el escenario del "coro de control" fue, para críticos posteriores, un vaticinio de Brecht sobre los procesos estalinistas, y su aceptación por anticipado.

Sin embargo, Brecht toma de la vida los ejemplos del método que impone a los actores de sus obras de entonces. Es famosa su apelación a la actuación eventual de un transeúnte que narra un accidente; les señala a los actores cómo el testigo imita al conductor y a la víctima, cómo los parodia sin sentimentalismo. El imitador no debe perderse en lo que imita: "No hay nada supersticioso en el testigo. / No abandona a los mortales a las estrellas / sino a los propios errores".

Resulta seguro pensar que Brecht no exigía que actuaran de ese modo todos los hombres en todas las circunstancias, pero sí que lo hicieran cuando debían decidir sus destinos. O, al menos, que así lo hicieran quienes debían planear sus revoluciones. En tanto, el problema moral debía ser expuesto fríamente. En 1932 —relata Ewen— fue objetado por la censura el filme Kuhle Wampe, escrito por Brecht y que narra las penurias de una familia obrera en un suburbio industrial. El hijo se suicida. Brecht debe comparecer ante el censor. Lo hace acompañado por su abogado y colaboradores y queda impresionado por la "perspicacia crítica" del hombre. ¡Había entendido mejor que nadie la cuestión del distanciamiento! "Debe usted admitir —dijo el censor— que el suicidio (en la obra) deja la impresión de que no hay nada impulsivo en él. ¡Por Dios, el actor se comporta como si estuviera enseñando a pelar un pepino!"


Eppur si muove

En 1933, y el mismo día en que es incendiado el Reichstag (un acto de provocación atribuido por los nazis a los comunistas), Brecht se exilia. Piensa que volverá en cuatro o cinco años, pero no lo hará hasta el 48. El largo exilio coincide con una producción que en gran parte rescata, a la vez que el relato clásico, la ambigüedad moral. La cumbre de ese período, y probablemente de toda su obra, es el Galileo.

Imposible saber por qué tomó en sus manos este personaje complejo, con el que seguramente se las vio hasta en sueños. Galileo era un símbolo de libertad intelectual y una víctima, a quien la historia progresista atribuye haber musitado, luego de su retractación ante la Inquisición, la frase "Eppur si muove".

La obra que Brecht considera finalizada en 1938 había sufrido ya muchas modificaciones. Entre las últimas, está la de incluir la admisión del pecado de la retractación por parte del propio Galileo: "La ciencia no puede permitir que un hombre como yo continúe entre sus filas". Brecht modifica parcialmente al personaje, a pesar de que en sus conversaciones con algunos científicos daneses había escuchado una justificación del famoso episodio como sólo un gambito para sacudirse a la Iglesia, gracias al cual Galileo había continuado vivo y productivo.

Entre las Historias del señor Keuner, hay una en la que el imprevisible y paradójico personaje de Brecht advierte que la audiencia se dispersa en medio de un discurso suyo contra la Violencia. Keuner mira a su alrededor y ve que la Violencia está detrás de él. "¿Qué decías?", pregunta la Violencia. "Me estaba pronunciando a favor de la Violencia", responde Keuner. Interpelado luego por sus discípulos, explica: "Quiero vivir más tiempo que ella". Para Galileo, esto no sería válido, pues la claudicación de un gran científico, dice Brecht, afecta los intereses de la investigación y de la humanidad en general.



Galileo, un político


La tozudez de Brecht en castigar al sabio acaso era culposa. ¿No había escapado él mismo de Alemania cuando, al igual que la Inquisición a Galileo, y menos metafóricamente de lo que parece, los nazis le mostraron sus instrumentos de tortura?

Por la vía que fuera, Brecht llegó, no obstante, a una cuestión esencial en la figura de una personalidad como la de Galileo: nada aprecia tanto este hombre de pensamiento como despertar cada mañana y volver al trabajo delicado de la razón y el conocimiento. Galileo ama su propia vida y sólo el horror de la tortura y de la muerte puede hacerle negar sus ideas científicas. Galileo, en Brecht, se convierte además en político cuando continúa escribiendo sus Discorsi en la prisión de su propia casa, y cuando los hace circular clandestinamente. Avido de vida y de grandeza, muchas veces inescrupuloso, lejos de la santidad pero no del heroísmo, incluso la confesión de su falla lo hace entrañable. De hecho, es Galileo la obra más estructuralmente clásica de Brecht, y sin llegar a la catarsis, produce empatía. Brecht lo percibió. Y le molestaba. Tampoco pudo evitar que muchos vieran allí su posición ante las Grandes Purgas que se habían iniciado en la Unión Soviética, siendo que otros lo consideraron antes un estalinista redomado.

Como dice Ewen, Brecht podía haber utilizado sus recursos de distanciamiento con este tema quizá más que con ninguno. No lo hizo. Algo finalmente personal se jugaba en un asunto que resultó tan épico como dramático, sin esa impiedad razonada, esa crítica matemática, ese antihumanismo deliberado que era y sigue siendo un matiz de su genio.

Fuente: "Bertolt Brecht, su vida, su obra, su época", de Frederic Ewen. Editorial Adriana Hidalgo.

Tuesday, March 16, 2010

A PROPOSITO DEL HÖLDERLIN DE PETER WEIS/ POR HORACIO MONTENEGRO

TEATRO

A propósito del Hölderlin de Peter Weis

Por Horacio Montenegro.


En un tiempo como el nuestro, cuando las fronteras otrora rigurosamente trazadas entre los géneros literarios se han vuelto borrosas y la creación moderna ha cedido a la tentación ecléctica de servirse de cuanto le es útil para sus fines—sin miramientos respecto a la singularidad de las Escuelas y corrientes—, a menudo resulta difícil discriminar eficazmente la naturaleza de ciertas obras de las demás y, en consecuencia, un tanto aventurado o casi imposible categorizarlas con absoluta certeza en el lugar que les corresponde en el amplio abanico de la teoría literaria. Así las cosas, ¿quién osará decir, sin riesgo de equivocarse, que El cuaderno de Blas Coll, por nombrar sólo un ejemplo, es un ensayo, una narración o una obra poética? Es innegable que encontramos aspectos de los tres géneros en ese libro, pero no de manera exclusiva, de suerte que es preciso hacer una concesión: o bien ese singular texto de Eugenio Montejo es una convergencia de los tres géneros, o ninguno. Sea cual fuere el caso, ¿dónde lo ubicaríamos? No es una pregunta descabellada, pues ni siquiera el autor se ha atrevido a clasificarlo y, en el inventario de sus obras, suele figurar en un sitio apartado de los demás.

Diríase que nos hemos adentrado en la vorágine de la polémica de Parménides contra Heráclito. En efecto, del mismo modo que lo advirtiese Parménides en lo que los lógicos han llamado el principio de la identidad, a propósito de la solución al problema metafísico que ofrecía Heráclito, ocurría que una cosa es y no es al mismo tiempo, puesto que el ser—según éste—consiste en estar siendo, en fluir y devenir. Parménides, analizando la idea misma de devenir, de fluir, de cambiar, encuentra en esa idea el elemento de que el ser deja de ser lo que es, para entrar a ser otra cosa; y al mismo tiempo que entra a ser otra cosa, deja de ser lo que es, para entrar a ser otra cosa (...) Cualquier vista que tomemos sobre la realidad, nos pone frente a una contradicción lógica; nos pone frente a un ser que se caracteriza por no ser1. Fue entonces cuando el pensador Parménides dijo aquellas palabras inmortales: el ser es y el no ser no es. Y aunque esto parece ser cierto, no podemos evitar conciliar asimismo con Heráclito, quien a la luz de las constantes transformaciones del mundo físico que perciben nuestros sentidos, afirmaba que nadie se baña en un mismo río dos veces.

Ante semejantes ambigüedades nos encontramos en la tentativa de dar un nombre a la especie de teatro que el alemán Peter Weiss engendró y representó a finales del siglo XX: la pieza en dos actos, ocho escenas y un epílogo titulada Hölderlin. Y la empresa es tanto más desafiante cuanto más nos ciñamos ciegamente a los postulados de una obra como la Poética de Aristóteles, pues a pesar de que sus preceptos nos ayudan a distinguir un limón de una naranja, desafortunadamente no podía prever que muchos siglos después se popularizarían frutos literarios que supiesen a ambos. El mismo dramaturgo del Hölderlin está consciente, a su manera, de esta ambivalencia y, desde el principio de la pieza, nos dice, por boca del protagonista, lo siguiente: Con arreglo a las categorías esta obra es una tragedia. Sin embargo no me la representéis mucho por lo trágico, pues la tristeza es siempre algo secundario en la vida con relación a la alegría, aunque yo carezca de ésta y melancólico la añore. Juntad por tanto al discurso algo de música con el fin de que la explicación no resulte monótona2.

La sentencia no podría ser más contradictoria, porque ¿puede, en todo rigor, una tragedia apartarse de lo trágico? ¿No supondría ese distanciamiento de la tragicidad desmentirse a sí misma? Procedamos, pues, como Parménides para dilucidar, hasta donde nos sea posible, esta cuestión, porque si bien Aristóteles nos ha acompañado un buen trecho en nuestras disertaciones, a manera de un sumo pontífice de la teoría literaria, hay asuntos más de fondo a que están sujetos sus propios postulados, esto es, la consideración de la dicotomía sustancia y forma, a la que no escapa su Poética. Además, ya hemos visto de qué modo su obra es, si no prescindible, insuficiente para el estudio de los raros especimenes que en la actualidad se imprimen y pueblan las vidrieras.

Cuando Parménides, enfrentándose a los postulados de Heráclito, desmintió a éste diciendo que el ser es y el no ser no es, lo hacía basándose en un principio lógico: que el ser no puede no ser y el no ser no puede ser. No obstante, sabía perfectamente que su postura de teórico reñía con la práctica, es decir, que el espectáculo del mundo mostraba a nuestros sentidos una realidad completamente distinta a la que concebimos mentalmente, pues todos estamos al tanto de la metamorfosis incesante del universo físico. Y así, para resguardar cuanto de verdadero había en el principio de identidad, amenazada por la forma cambiante de la realidad objetiva—que llega a nosotros por la percepción sensorial—, anunció la existencia de dos mundos: el mundo inteligible y el mundo sensible, sentenciando, además, que aquél, propio del pensamiento, es el único verdadero; y éste, propio de los sentidos, que fácilmente pueden ser engañados por la apariencia, es necesariamente falso.

En este sentido, es inevitable que el amigo Aristóteles, pese a sus buenas intenciones, se nos aparezca como un Heráclito, porque, de convalidar cuanto nos dice en su Poética, es ininteligible que haya obras teatrales que provoquen, en los espectadores o lectores—según sea el caso—, efectos idénticos o muy semejantes a los de la tragedia y, sin embargo, no cumplan con todas las formalidades que el filósofo juzgó imprescindibles en su definición del género. Y aún más, es igualmente incomprensible que ciertas piezas—como lo expuse en mi análisis anterior—, pese a tener elementos propios de la tragedia, no lo sean en lo absoluto. De ahí que juzgo necesario—y creo que los tiempos que corren, en virtud de la evolución de la literatura, así lo exigen—distinguir entre sustancia y forma, como lo hiciera Parménides, insisto, al hablar del mundo inteligible y el mundo sensible, respectivamente. En efecto, ni las sombras en la caverna de Platón eran la realidad verdadera, por así decirlo, ni el hábito hace al monje, sino su devoción. Todo lo cual nos lleva, en la hoy riesgosa empresa de categorizar una obra, a apelar a un último recurso que la misma teoría literaria ha tomado en cuenta para tal fin. Más allá de las formalidades, es preciso estudiar un atributo cuya importancia es fundamental para la consideración de los géneros: el cometido del texto. Cualquier resistencia a proceder de este modo, cuando el asunto se torna confuso, sería regresar al tiempo en que todo lo escrito en verso se consideraba poesía, aunque se tratase de una receta de cocina, y ya ha corrido suficiente agua bajo el puente para ver el absurdo de tales rigores, como también hemos aprendido a conferirle altura de poesía a una prosa que goce de ciertas características relativas a la belleza y la cadencia, las imágenes y el empleo de metáforas, la traslación de sentido, etc., aun cuando en el seno de sus estrofas no nos deleitemos con la rima de los sonetos o las elegías de antaño. Así, pues, es el cometido o el propósito de la obra, en última instancia, el elemento que habrá de guiarnos en nuestra intención de identificar su naturaleza, más allá de los “requisitos” que Aristóteles nos exigía en su formulario para ser miembros de las cofradías de Sófocles, Esquilo y Eurípides. Pero, ¿a cual hemos de proponer a Peter Weiss? Dejemos, de momento, esta pregunta sin contestación, y antes hagamos algunos comentarios generales sobre su pieza.

Hölderlin es una obra que representa el devenir de toda una época, por demás compleja—la segunda mitad del siglo XVIII, Alemania—en que las luces de la Ilustración estaba subordinada o afectada, en el mejor de los casos, por el ímpetu de dos fuerzas antagónicas: por una parte, la efervescencia de la Modernidad naciente—consigna de los burgueses acaudalados y toda la alta sociedad, más o menos conservadora—, y, por otra, las reminiscencias del ideario revolucionario que la Francia de entonces había propagado a todas las naciones. La historia retrata el influjo que estas ideas libertarias tuvieron en la generación de entonces, que aquí cobra vida en las personas de Hegel, Schelling, Sinclair, Neuffer, Hiller y Schmid, en principio, pero también en Schiller, Goethe y Fichte, entre otros. Pero de todos aquéllos, que coincidieron por estudios de teología en el seminario de Tübingen, y de los tratos que ulteriormente tuvieron con éstos y un sinnúmero de personajes representativos de las tendencias de la época, surge uno como estandarte: Johann Christian Friedrich Hölderlin, en cuyo genio y figura Weiss plantea el dilema del rol que ha de tener el hombre de letras en su tiempo, particularmente en relación con las grandes reformas que atañen al destino de la patria. La pieza se alarga en el tiempo para mostrar los destinos de los jóvenes, los cuales han tomado sendos caminos de la vida, en algunos casos contrarios a los que anhelaron en la juventud y a espaldas de su causa de entonces, cuando eran unos rebeldes soñadores. Pero no sólo eso, la pieza también se nos presenta como un testimonio poético de la vida del protagonista y, en este sentido, puede ser considerada una historia de corte biográfico adaptada al teatro. De hecho, su extensión—unas doscientas páginas—ya nos da un indicio de ello, además de la mención que hace el Narrador, al principio de cada escena, de fechas capitales en la vida de Hölderlin, sugiriéndonos asimismo el momento histórico.

Ciertas peculiaridades relativas a los medios que emplea Peter Weiss revelan la índole vanguardista de la pieza. Desde el inicio la obra parece atentar contra sí misma, haciéndonos saber, en las intervenciones de los personajes y del propio Narrador, que se trata de una obra teatral. Así vemos que el Narrador anuncia el prólogo y enseguida interviene Hölderlin de esta manera: Una obra que se refiere a Friedrich Hölderlin (...)3 Sin duda que el autor de la Poética habría condenado sin piedad este uso de la tercera persona por el actor que encarna a Hölderlin, quien hace notar desde el primer momento la farsa de la representación, lo cual rompe con la ilusión teatral. Pero esto no resulta extraño en nuestro tiempo de escrúpulos más desenfadados respecto al arte: no sólo hemos visto con beneplácito, verbigracia, el juego de ilusión y realidad que Luigi Pirandello genialmente logró en Siete personajes en busca de autor, sino que nos complace de igual manera la originalidad de El público de Federico García Lorca, cuyas primeras líneas, referentes a la plática entre un criado y el director de teatro, son como sigue:



CRIADO. Señor.

DIRECTOR. Qué.

CRIADO. Ahí está el público.

DIRECTOR. Que pase.



Y ni hablar del teatro del absurdo de Ionesco o los hoy tan populares monólogos en que ocasionalmente la participación espontánea de los espectadores, inducidos por los actores, forman parte de la trama. En fin, vivimos una era en que los actores de teatro han dejado de ser figuras lejanas e intocables. A fin de cuentas, sólo importa que podamos identificarnos con ellos, de modo que suframos sus penurias y nos alegremos con sus regocijos. Porque, del mismo modo que la verosimilitud de un cuento de ficción nos permite tomar por verdadero cuanto ahí nos es relatado, jamás olvidamos que al cerrar el libro habremos vuelto a la realidad. En ninguno de los casos anteriormente expuestos ha sido destruido el poder de persuasión de la obra de arte. Al contrario, se ha puesto más al alcance del público, pues le ha permitido ser parte de la obra y participar de su representación, aunque sea de modo muy efímero, cual si estuviese tras bastidores. Indistintamente llorarán el tramoyista y el espectador sentado en su butaca cuando vean morir al protagonista. Me refiero a que es ridículo permitir que la Poética nos convenza de que esta licencia del dramaturgo es inadmisible, arrebatándonos la pieza apenas comenzada. Pretender algo semejante supondría creer a ciegas en algo que la oferta literaria contemporánea ha demostrado ser extemporánea, y está claro que no somos el público que otrora contemplara el funesto destino de Edipo Rey. Esto no quiere decir que cualquier bodrio deba ser visto como drama o tragedia, pero sí nos exhorta a entender que el drama o la tragedia no son sólo lo que Aristóteles apreció en su siglo. Es por esto mismo que he hablado del cometido, pues la coincidencia entre el de Hölderlin y el de las obras estudiadas por el filósofo es lo que nos permitirá dar con las relaciones entre unos y otros.

Ahora bien, una vez expuesta esta diferencia capital, que a los efectos de nuestro análisis refiere una discrepancia de “forma” respecto de los trágicos griegos, es preciso ver, a favor de Peter Weiss, que éste no ha vuelto la espalda del todo a sus antecesores. La sola presencia de un Narrador en su Hölderlin alude a una figura que ya en el teatro antiguo se había ganado un lugar intocable en la representación del género: el Coro. Así, el Narrador de Weiss hace las veces del Coro de Sófocles, por ejemplo, porque a su manera aparece como la voz de la sensatez. Desde luego que esta equivalencia responde a la similitud de los roles en lo “sustancial”, porque ni el Narrador de Hölderlin se expresa en los mismos términos que el Coro de las tragedias griegas ni se limita solamente a la función de éste. Por lo que respecta a la pieza que nos ocupa, el Narrador es una sola persona, en lugar de varios, como ocurría en la tragedia antigua. En lo tocante a la expresión, la sensatez del Narrador es de otro orden. Naturalmente, aquí ya no se trata de una voz que previene a los actores de incurrir en hybris, lo que les valdría un desenlace terrible y la ira de los dioses, sino que más bien las semejanzas entre ambas figuras se aprecia mejor en el hecho de que las dos, indistintamente, intervienen como autoridades incuestionables que dan cuenta de la historia y reflexionan sobre ella. Pero Weiss le concede además otras funciones al Narrador, entre ellas la de ser emisario del argumento—que en la antigüedad aparecía sólo al principio de la tragedia y jamás volvía a enunciarse—, y también de la temporalidad de la situación, lo que a su vez es necesario para enterar al público del tiempo que ha transcurrido entre cada escena y las circunstancias que rodean al protagonista y sus contemporáneos en sendos momentos de la historia. Por otra parte, y valiéndose de su autoridad, el Narrador en ocasiones se toma la libertad de decir ciertas cosas, en respuesta a la intervención de algunos actores, que no pueden ser dichas por ningún otro, ya porque no se corresponde con su temperamento, ya porque el momento no es propicio para ello. Un ejemplo de ello podemos verlo en la Escena Sexta del Segundo Acto, durante la cual Hölderling refiere a sus compañeros los pormenores de su Empédocles. Schelling, quien como Hegel se ha convertido en un creador al servicio del Sistema, hace unos comentarios elogiosos sobre la obra de Hölderling, y es azotado por las palabras del Narrador. A saber:



Schelling

Yo opino que a estas alturas

los espíritus ya se hallan divididos

y que los valientes se pronuncian

en favor de Empédocles

mientras Hermócrates

agrupa a su alrededor

a todos los hombres pusilánimes.



Narrador

Lo malo es solamente

que todos aquellos

que muestran gran amor por el héroe

mientras él resplandece lozano

luego procuran evitar su compañía

en cuanto lo ven marchito

y desolado.4



Está claro que, del mismo modo que los personajes de Empédocles son encarnados por sus semejantes de la trama del Hölderlin—el mismo actor que hace del Duque Karl Eugen, enemigo de los jóvenes en el seminario, es el villano Hermócrates; la emancipada y precoz feminista Wilhelmine Kirms hace el papel de la guerrera Panthea, etc.—, el Narrador, dado que son la misma persona, se refiere a Hölderlin al hablar de Empédocles, una vez que la conveniencia y el oportunismo de algunos de los presentes ha sido desenmascarada, asunto que, por cierto, trataremos más adelante. Por último, y para concluir la idea sobre el Narrador, diremos que la acotación de la Escena Primera señala que éste debe estar ataviado como un hombre del pueblo. Aquí se hace evidente la pretensión del dramaturgo de conferir a tal personaje—de la misma índole que todos aquellos que habrían de hacer la revolución en Alemania—la jerarquía de autoridad incuestionable de que hablábamos anteriormente, lo que concuerda con el cometido del Empédocles y de la propia pieza Hölderlin, en tanto reflejos de la esperanza que el protagonista guardaba en la insurrección soñada. Por lo tanto, es comprensible que los integrantes del Coro del Empédocles sean, lo mismo que en el Hölderlin, siervos y demás personajes oprimidos por la burguesía.

Hemos hablado de algunas diferencias y similitudes entre el Hölderlin de Weiss y los rasgos generales de la tragedia que Aristóteles señalaba en su Poética, y hasta ahora hemos visto, a excepción de la anunciación del Narrador que descubre el artificio teatral al principio de la obra, que hay equivalencias sustanciales entre las tragedias antiguas y la pieza que nos compete: así en los roles del Narrador y el Coro, pero también en lo tocante a la retórica. Los diálogos del Hölderlin también son de altura, cargados de elevadas expresiones, como los de los personajes sofócleos, tanto más cuanto que los de Weiss pertenecen a una minoría selecta que se ha hecho con las luces del conocimiento al que no acceden las masas populares. Asimismo, el mito está presente, como en las obras inmortales de Grecia, pues es innegable que personajes como Marat figuran como dioses de la Revolución Francesa, lo mismo que un Robespierre o un St. Just harían las veces de las deidades que protegen a los enemigos, como en Ilíada Apolo y Hera velaban por los troyanos. Claro que este trasfondo mitológico es mucho más sutil y abstracto que el que encontramos en la épica y la tragedia de aquellos tiempos, pero en todo caso su presencia, aún más en una Alemania que miraba con atención a los nuevos “dioses” que emergían o perecían en Francia, es insoslayable. ¿No figura acaso Buonaparte como un Zeus implacable? ¿Y no es Bounarotti una especie de Atenea para Hölderlin, cuando se le aparece a éste en su alucinación del manicomio? Y, si es menester un ejemplo más claro, ¿no hablaba Hölderlin de Plutón y el submundo al sentir su muerte llegar en la torre? Pero acaso la mejor demostración de la presencia de la mitología en la historia es el hecho de que el Empédocles del poeta suponía, por sí solo, la enorme tentativa del poeta de mitificar su tiempo. Esto es, de concederle a la causa de la época, su propia causa, la altura ditirámbica o hímnica que en tiempos anteriores habían tenido las lides de Grecia y Roma. En efecto, hay dos momentos de la trama en que este cometido del poeta se hace evidente. Se nos revela, por vez primera, al principio de la Escena Tercera, mientras Hölderlin platica con Schiller, antes de su encuentro con Goethe. La segunda vez aparece en la disertación que hace frente a sus compañeros, acerca del Empédocles, en la Escena Sexta. Veamos cada caso:



Hölderlin

Yo no me refiero a un retorno

al mundo de los griegos

sino a la necesidad en que nos encontramos

de encontrar símbolos que sean válidos

para este nuestro tiempo

que sean eficaces y de alcance

como en su día lo fueron las deidades y las mitologías.5



Y después:



Hölderlin

Porque es preciso que surja

una figura mítica

ahora

que el fuego de la Gran Revolución

está apagado

y sólo aislada y esporádicamente

brilla su rescoldo

Porque alguien

cansado de contar las horas que pasan

debe hacer recordar

que lo que antes era

llama ardiente

y ahora se ha hundido

en insondable pretérito

puede ser de nuevo avivado

por la fuerza de un poderoso hálito.6



Hallamos, pues, que Hölderlin es consecuente en su propósito de instaurar el mito como asidero de las ideas revolucionarias que se han sumido en letargo, porque el fracaso en Francia—a la cual no pueden imitar a ciegas los alemanes oprimidos—, y la supremacía de las clases dominantes conspiran contra la causa del pueblo. Es esta fidelidad a su visión lo que en Hölderlin constituye la piedra angular de su protagonismo, y también, desde luego, lo que justifica el efecto de la pieza: apiadarnos de la triste suerte del poeta, cuyo alado pensamiento trascendía su época y por ende siempre fue un incomprendido, una rara criatura aún entre sus amigos, un excluido y al cabo un marginado—incluso por voluntad propia, al saberse inhabilitado de tratar con sus semejantes—que asumió su destierro en la torre con dolorosa dignidad. Es precisamente esta cualidad, insistimos, la que lo separa de sus compañeros, de los cuales muy pocos siguieron fieles a los valores y principios de la mocedad, y que nos son revelados en la Escena Primera. Es por ello que la evolución de los caracteres que dibuja Peter Weiss es muy significante en el retrato que hace de la época.

La Escena Quinta, que tiene lugar en la casa de los Gontard—segunda en que Hölderlin servía de preceptor; la primera fue en la de los von Kalb—donde se han reunido señores de la burguesía y algunos literatos, es una de las que mejor da cuenta de las personas en que se han convertido los jóvenes del seminario. Y más aún, la escena muestra sus roles con respecto a la sociedad. En relación a Hölderlin, son Sinclair y Schmid sus amigos incondicionales. Aquél, como lo fue desde sus tiempos de estudiantes en Tübingen, y éste, quien sólo aparece en su madurez, pero que también se ha ganado su afecto. Sinclair y Schmid, aunque fieles a la causa revolucionaria, son personajes emblemáticos porque simbolizan dos tesis de insurrección: Sinclair pretende acabar con los enemigos desde las altas esferas del Congreso, en tanto que Schmid prefigura a un guerrillero que ansía la lucha armada en los montes. Por ello es éste quien se parece más al Empédocles de Hölderlin, aunque ambas tesis fracasan. La maestría de Weiss en la Escena Quinta radica en el frecuente contraste de los muchos personajes que ahí aparecen, no sólo entre los otrora estudiantes, sino también entre éstos con la burguesía y los siervos. Diríase que los tres estratos sociales principales están presentes.

Los de arriba son la familia aristocrática Gontard, los comerciantes Gogel, Schellenberg, el banquero Bethmann y el mismo Hegel, cuyas sugerencias a Bethmann sobre cómo aplacar a los pobres le desenmascara como frío estratega y oportunista, lo que hace comprensible su apartamiento de los compañeros, en la Escena Primera, durante los actos de rebeldía de éstos. Es Hegel, junto con Schiller y Goethe, uno de estos tres personajes que se oponen al trío Hölderlin, Schmid y Sinclair. Goethe, puesto que no guarda ninguna relación especial con Hölderlin y se siente muy seguro de su superioridad, no le da tregua en la crítica a su obra y apariencia personal. Pero la relación entre los dos primeros con Hölderlin es más compleja, porque aunque se han vendido al prestigio de las cátedras universitarias, como bien lo señalara Schmid en la Escena Sexta, sin embargo sienten cierta admiración por el poeta. Schiller fue, en cierto modo, benefactor de Hölderlin a lo largo de su vida, consiguiéndole el cargo de preceptor con los von Kalb y luego el de bibliotecario de la Corte. En cierto modo se siente unido al amigo por la idea de la revolución, pese a estar muy claro, al parecer, de que no es más que una utopía con la cual se puede hacer literatura, en tanto que para Hölderlin es una necesidad histórica. Por su parte, Hegel, pese a no estar de acuerdo con el espíritu rebelde de Hölderlin, no pudo evitar la fascinación que en él suscitaba su obra.

Volviendo a la idea del contraste de clases en la Escena Quinta, la digresión momentánea de la página 103, en que irrumpen un par de criadas, una de las cuales se queja a la otra por la leche acumulada en sus senos y que no ha tenido tiempo de amamantar al bebé por el trabajo, recuerda la presencia del pueblo oprimido. La otra criada sólo le exhorta a apresurarse para procurarse las propinas de los señores. Y estos contrastes se sucederán una y otra vez, como ocurre con los jardineros, por ejemplo, dándoles a éstos la razón al final de la escena, cuando un despliegue grotesco de las clases los reúne a todos, tras el despido de Hölderlin. El grupo que representa al pueblo rebasa a la minoría aristocrática, demostrando que los siervos son mayores en número que los amos, y al frente, con aquellos, sólo quedan Hölderlin, Schmid y Sinclair, tapando a los opresores. El mensaje de la escena es nítido: éstos, que no han tenido éxito en la vida por obedecer a sus principios y creer en la revolución, son los más cercanos al pueblo. Ni siquiera Susette Gontard pudo evitar estar en el grupo adverso al de Hölderlin y, como los de su clase, fue tapada por la multitud. Ella, el amor prohibido por el cual echaron a Hölderlin de la casa, no puede ser suya. Es una más de quienes pregonan la Modernidad que aplastará al individuo del futuro.

Piedad y terror, tales son los dos efectos que atribuía Aristóteles a la tragedia. Hölderlin nos conmueve, nos sacude, y la tortura que sufre el protagonista en el manicomio de la Escena Séptima, en que aparecen imágenes fantasmagóricas del pasado, nos horroriza tanto como su talante enloquecido en la torre, mientras esperaba la llegada de la Muerte. La sangre en el zapato de Sinclair, que había matado a su padre, regresa con más fuerza. Las palabras de Susette Gontard, exhortándole a esperarle bajo el castaño y buscarla en su alcoba a escondidas, vuelven insoportablemente. Las palabras de su madre, apareciendo por vez primera, aplastan duramente por el recuerdo de la infancia perdida y los reproches de ella penetran los oídos sin piedad. En la última escena, Hölderlin, prematuramente envejecido, recibe la visita de Hegel y Schelling y éste se comporta hipócritamente, diciéndole que se ve muy bien. El elogio resulta insultante al lector. El protagonista, trastocado, no reconoce a los visitantes o finge no saber quiénes son. Éstos se marchan como si nada. El estado del amigo no alcanza a conmoverlos. Es más bien desconcierto lo que sienten.

Hölderlin es, sin duda, una tragedia de la modernidad. Difiere en la forma de los atributos de la tragedia que Aristóteles nombró y explicó en su Poética, pero no en sustancia, esto es: suscitar piedad y terror. Parménides, antecedente del filósofo, nos ha ayudado a descubrirlo. El cometido de la Antígona de Sófocles y el Hölderlin de Weiss es el mismo, porque ambos ocupan un mismo lugar en el mundo inteligible de la teoría literaria, aunque se distancien mucho en el mundo sensible. La percepción es engañosa, no el pensamiento. De esto se puede decir mucho más, claro está, pero con esto me basta.



Horacio Montenegro.



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1 García Morente, A. Lecciones preliminares de filosofía. México. Editores Mexicanos Unidos, S.A., 1983. p. 60

2 Weiss, Peter. Hölderlin. México. Editorial Grijalbo, s/a. p. 11 y 12.

3 Ídem. p. 10

4 Ídem. p. 146

5 Ídem. p. 64

6 Ídem. p. 134


Ver:

http://www.arteliteral.com/al/index.php/ensayos/100-a-proposito-del-hoelderlin-de-peter-weiss.html

Monday, March 15, 2010

FERNADO ARRABAL: POR LA GRACIA DE DIOS/ Por Javier Esteban

TEATRO: Movimiento "Pánico".


FERNANDO ARRABAL, POR LA GRACIA DE DIOS

Por Javier Esteban


P: ¿Es Dios un ludópata?

R: Se es ateo ¡por sorteo! Como me ha tocado vivir aquí y ahora observo que, hoy, para mi gremio, Dios existe aún menos que Pinocho. Los más juiciosos bromean y argumentan que el Supremo Hacedor creó al hombre entre dos partidas de ajedrez. Con una jaqueca tremenda. En cuanto a la vida… suponen que la ha programado un delfín en su ordenador cubierto de ceniza.

Personalmente rezo todas las mañanas. Borges en Tokyo me confesó que él (tan agnóstico como yo, ¡pobre de mí!) también lo hacía porque… “se lo prometí a mi madre”. Rezo con la esperanza de recuperar la fe que tuve a los diez y ocho años cuando, a punto de entrar en la Compañía de Jesús, una mañana se me apareció (o creí que se me apareció) la Virgen.

(Y mientras tanto, y a lo suyo, el creyente astigmático sodomiza en Ibiza a la miope atea para intercambiar puntos de vista, a lo bestia.)

P: ¿Cuál sería su definición de inmortalidad?

R: Futuro en busca de porvenir.

P: ¿Daría Ud. permiso para ser clonado en vida?

R: Antes del parto, después del parto, vivo o muerto, feto o cadáver se hace se hará o se hizo de mi cuerpo lo que está mandado que se haga: me vacuno cuando me lo exigen, lleno declaraciones cuando me lo piden y solicito documentos cuando me lo ordenan. No atravieso frontera alguna, ni llamo por teléfono una sola vez, ni compro un chupete, sin que quede en registros oficiales, segundo por segundo.

P: Esgrima por cortesía un argumento no teológico ni humanista contra la clonación

R: El físico termodinámico hostil a la investigación de hoy diría: “Es el resultado de una ciencia, como la mecánica cuántica, que viola la lógica”.

P: ¿Qué obra nos recomienda para conocer el origen del Universo?

R: Si el orgasmo se asemejara a la descripción que de él se da en ciertas novelas y ensayos de hoy, creo que recordaría al big-bang original.

P: ¿Cree Ud. que la inteligencia artificial podría desarrollar la conciencia y la voluntad de poder?

R: ¡Ojalá! Que los sometidos se rebelen al fin.

P: ¿Cree Ud. que la inteligencia artificial podría desarrollar la fe, la esperanza y la caridad?

R: “La fuerza bruta de la memoria” vence sistemáticamente a la “inteligencia artificial”… porque el ordenador no cree ni en Jehova ni en Cristo ni en Mahoma. Pero en presencia de tanta miseria espiritual las tres virtudes teologales ¿se nutren de fervor incluso en la pantalla?

P: La Utopía ¿está superada definitivamente?

R: Es uno de los monstruos más repugnantes y sanguinarios de siempre. Los griegos la llamaron “quimera”: era un pajarraco de mal agüero con pico de harpía y cola de víbora. Tras el paso (hoy como ayer) de este bicharraco solo queda miseria y campos de concentración.

(Para vivir a costa de los demás un simpático demagogo ha inventado una fabulosa utopía destinada a liberar a pobres probos y a parados pelados. Para poder verlos desde su lujosa mansión (donde vive rodeado de secretarias desnudas) sus ayos y lacayos le han confeccionado un teleobjetivo de larguísima distancia).

P: ¿Preferiría Ud. jugar su última partida de ajedrez con el artefacto más desarrollado o con un semidiós?

R: No me gusta quedarme a medias. Preferiría jugar con Dios ¡y ganarle! Para no llegar a este extremo irreverente Steinitz, campeón del mundo de 1886 a 1894, cuando jugaba contra El (en las aceras de Nueva York) le regalaba, por devoción, un caballo. Fischer, el campeón de hoy (desde el 1º de septiembre de 1972) reconoció que conseguiría hacer tablas con el Supremo Hacedor únicamente si tuviera la ventaja de jugar con blancas.

P: ¿Qué opina de la pareja Picasso Dalí?

R: Picasso, con razón, es el patrón cultural de España, como un Santiago bis. En la batalla de Clavijo el apóstol mostró su eficacia, en el seno del ejército cristiano, como el pintor mostró su disciplina durante los años del estalinismo. Gracias a su estricta militancia (al totalitario partido que controlaba en ese momento el arte) protegió su portentosa obra artística.

Dalí, por el contrario, se negó a enrolarse en aquella máquina implacable. Por ello sus vetadores le han calumniado y negado. A Dalí le interesaron las hipótesis científicas audaces y las especulaciones filosóficas sorprendentes más que la protección de su obra artística.

(¿Por qué el servilismo voluntario suscita tal plaga de plagios?).

P: ¿Con quién preferiría Ud. naufragar en una isla?

R: Con un ser de la inteligencia de la matemática Sophie Germain o de Sócrates, con la bondad de Buda o de Catalina de Siena y el encanto de Confucio o de la jovencísima Hildegard.

P: ¿Hay en estos momentos algún movimiento universal en las artes?

R: El de siempre: el que impone su orden conformista y diaboliza a rebeldes e insumisos.

(Me gustaría conocer la última previsión que escribirá el científico racional el día anterior al fin del mundo).

P: Háblenos del Movimiento Pánico…

R: En 1963 Jodorowsky, Topor y yo, tras tres años de asistencia casi diaria al grupo surrealista, creamos el “pánico”.

El “pánico” es la crítica de la razón pura, es la pan-dilla sin leyes y sin mando (cualquiera se puede decir miembro del grupo e incluso fundador de él), es la explosión de “pan” (todo), es el respeto irrespetuoso al dios Pan, es el himno al talento… loco, es el antimovimiento, es el rechazo a la “seriedad”, es el canto a la fatal ambigüedad, es la voluntad de aportar nociones que se creían despreciables al mundo de lo “grave” zapando al mismo tiempo los valores establecidos, es el arte de vivir (que tiene en cuenta la confusión y el azar), es el principio de indeterminación con la memoria por medio…

… y todo lo contrario.

P: ¿Conoce Ud. el teatro alternativo actual en España?

Lo leo como la obra alterativa de mis alter ego. Es el teatro de los herederos de Cervantes y de Valle-Inclán. Estoy convencido de que, contrariamente a ellos, se representarán sus obras. Y que van a alterar el orden cultural (¡que tan bien saben alternar!).

P: ¿Cuándo estrenará su próxima obra en España?

R: (Tras reir feliz, Arrabal responde) Como decíamos ayer… ¡inminentemente!